Un relato alternativo
Lo que tiene ante usted es una invitación a mirar el límite del destino humano no como una sentencia definitiva, sino como una tarea práctica: una tarea que exige inteligencia y responsabilidad. Aquí la esperanza adopta la forma de un plan concreto.
Para una inmersión más completa en la esencia del concepto, se recomienda comenzar escuchando el pódcast n.º 1.
«Hay que vivir no para uno mismo y no para los otros, sino con todos y para todos».
Este texto propone un paradigma alternativo de la existencia humana. Según esta mirada, la muerte no es un axioma inamovible ni una ley incuestionable del ser. Se nos presenta, más bien, como un problema técnico complejo y estratificado. Y aunque su solución todavía rebasa las capacidades tecnológicas actuales, sigue siendo un problema que, en principio, admite soluciones de ingeniería perfectamente concretas.
Como fundamento intelectual y ético se propone el legado del cosmismo ruso, una corriente filosófica única que concibe la razón humana como una fuerza activa y transformadora del Universo.
La idea central de este proyecto es un llamamiento al mayor tránsito de la historia humana: pasar de la evolución darwiniana pasiva, ciega y cruel a una evolución activa, conscientemente guiada por la Razón. Este manifiesto, que sintetiza las obras de Nikolái Fiódorovich Fiódorov, Konstantín Eduárdovich Tsiolkovski y Vladímir Ivánovich Vernadski, expone el plan conceptual de tal transición.
Su doble objetivo es el siguiente: en primer lugar, alcanzar una inmortalidad condicional, una vida activa indefinidamente larga para todas las personas vivas; en segundo lugar, la posterior restauración y retorno a la vida de todas las generaciones que alguna vez existieron, lo cual se postula como el más alto imperativo ético de la humanidad.
Filosofía
Fiódorov planteó a la humanidad una pregunta fundamental, que antes de él nadie se había atrevido a formular con tal radicalidad: ¿es justo que los vivos disfruten de los bienes de la civilización literalmente de pie sobre las cenizas de innumerables generaciones de antepasados que construyeron esa civilización? ¿Es justo que miles de millones de personas —padres y madres— hayan vivido vidas breves entre trabajo extenuante, guerras sangrientas y sufrimiento, se hayan hundido en la nada sin llegar a ver el mundo por el que, a veces, incluso se sacrificaron?
- La primera tarea es táctica: alcanzar, mediante biotecnologías, una longevidad ilimitada, salud absoluta y juventud perpetua para todos los vivos. Se propone entender el envejecimiento del organismo como un programa genético-atávico que debe ser cancelado para la especie humana.
- La segunda tarea es estratégica y principal: el posterior retorno a la vida, la recreación de todas las generaciones desaparecidas. Fiódorov afirmaba que la humanidad debía dar un salto cualitativo en su relación con la naturaleza: pasar de la contemplación pasiva y la explotación depredadora a su regulación activa.
El ser humano, como la manifestación más alta de la materia racional, está obligado a convertirse en su gobernante. Es necesario aprender a controlar el clima, prevenir terremotos, sequías y otros desastres naturales. En una perspectiva lejana, controlar la materia a nivel atómico. La meta final de este dominio total de las leyes de la naturaleza es adquirir la capacidad de «reunir lo disperso»: es decir, usando toda la información disponible sobre el pasado, recrear —a partir de átomos esparcidos en el espacio— los cuerpos y las personalidades de todos los seres humanos que alguna vez vivieron.
Esta idea, deslumbrante por su escala, ejerció una influencia colosal sobre la élite intelectual rusa. Fiódor Dostoievski vio en ella una respuesta práctica a su dolorosa búsqueda de armonía universal y amor activo. León Tolstói, pese a sus desacuerdos filosóficos con Fiódorov, se inclinaba ante la pureza moral y la fuerza de su designio. El filósofo Vladímir Soloviov desarrolló las ideas de Fiódorov en su doctrina de la Dios-humanidad como participación activa del hombre en la transfiguración del mundo.
Pero, sobre todo, esta filosofía encontró una encarnación directa y práctica en las obras de Konstantín Eduárdovich Tsiolkovski, de quien Fiódorov fue mentor durante varios años. Como reconocería más tarde el propio Tsiolkovski: «Fiódorov sustituyó para mí a los profesores universitarios». El fundador de la cosmonáutica veía en la conquista del espacio no solo una tarea técnica, sino una condición directa y necesaria para realizar el «Asunto Común» fiodoroviano.
Fue precisamente a instancias de Fiódorov que el propio Tsiolkovski respondía a la pregunta inevitable: «¿Dónde se alojarán los miles de millones resucitados?» Su respuesta fue simple y majestuosa: «En todo el Universo». La expansión cósmica no era, desde el inicio, un sueño abstracto, sino una necesidad dictada por el más alto deber moral hacia los antepasados.
Psicología
Antes de considerar los aspectos tecnológicos del proyecto de resurrección, es necesario analizar las barreras psicológicas profundamente arraigadas que obstaculizan incluso la discusión de la idea de la inmortalidad.
La civilización humana está construida sobre un fundamento cultural que puede caracterizarse como «el paradigma de la mortalidad». No es solo la constatación del hecho biológico de que la vida es finita: es un sistema de defensas psicológicas, complejísimo y estratificado, desarrollado durante milenios para reconciliarnos con el horror existencial de la nada.
Desde la primera infancia, el individuo se sumerge en un entorno cultural que, en todos los niveles —desde los dogmas religiosos hasta las obras de arte— inculca la idea de que la muerte es «natural», «inevitable» e incluso, en cierto sentido, «necesaria» para dar sentido a la vida. Las religiones ofrecen conceptos de vida después de la muerte, devaluando la tragedia de la descomposición física. Las escuelas filosóficas enseñan la aceptación estoica del destino y la búsqueda de sentido precisamente en la finitud de la existencia. El arte estetiza el apagarse, convirtiéndolo en objeto de catarsis trágica.
Todo ello, en conjunto, forma una poderosísima anestesia cultural que permite a la conciencia humana funcionar sin quedar paralizada por la permanente conciencia de su condena.
Al mismo tiempo, se observa una contradicción evidente entre la actitud declarada a nivel cultural y el comportamiento real de las personas. Toda la industria médica, todo el sistema sanitario, los billones que mueven la biotecnología, la farmacéutica, la industria de la salud y la belleza: todo esto demuestra de manera irrefutable que, en un nivel profundo e instintivo, el ser humano libra una lucha desesperada e intransigente por prolongar la vida y posponer la muerte.
Sin embargo, en cuanto se pasa de la lucha táctica por unos años adicionales a la meta estratégica —la prolongación radical de la vida y el logro de la inmortalidad biológica— se activa un mecanismo cultural defensivo que puede definirse como «inmortofobia».
Objeciones típicas y su análisis
La objeción del «aburrimiento». La afirmación de que la vida eterna sería insoportablemente aburrida se basa en una extrapolación errónea de la experiencia limitada de una vida finita a la eternidad. No tiene en cuenta la complejidad prácticamente infinita del propio Universo, los horizontes ilimitados del conocimiento, el arte y la autoexpresión, ni la potencial capacidad de la personalidad para desarrollarse y transformarse. El aburrimiento no es consecuencia de un exceso de tiempo, sino de la falta de recursos y oportunidades disponibles para el crecimiento interior: para explorar, para probar lo muy distinto y lo nuevo.
La objeción de la «pérdida de sentido». La tesis de que el valor de la vida está determinado por su brevedad es un ejemplo clásico de distorsión cognitiva conocida como «psicología de las uvas agrias». El sentido de la actividad no lo determina un plazo externo, sino su contenido interno: la creatividad, el conocimiento, el amor, la creación. La finitud de la vida obliga a buscar sentido en el «legado», un sucedáneo de la inmortalidad; mientras que una vida ilimitada permitiría encontrar más sentido en el propio proceso del ser, del movimiento y del desarrollo.
La objeción de la «superpoblación». Este argumento es el más pragmático, pero también el más miope. Es una proyección de las limitaciones actuales de recursos y territorio sobre la civilización del futuro. Un nivel tecnológico capaz de controlar el envejecimiento implicará también la solución de los problemas de energía y espacio vital. La expansión cósmica, tal como la preveía Tsiolkovski, es una consecuencia inevitable y lógica del proyecto de abolir la muerte.
La esencia de estas objeciones no es el análisis racional, sino la defensa inconsciente de una imagen del mundo habitual y, por ello, psicológicamente cómoda, en cuyo centro está la muerte. La actitud de la mayoría hacia la idea de la inmortalidad hoy se parece a la actitud de la gente del pasado hacia la abolición de la esclavitud, la erradicación de la mortalidad infantil o la victoria sobre la peste. Todas estas cosas se consideraron en su día «naturales», «agradables a Dios» e inevitables en la condición humana.
Sin embargo, toda la historia del progreso científico-técnico es la historia de la conversión sucesiva de las «inevitabilidades» en tareas de ingeniería resolubles. Y el primer paso —el más importante— en ese camino es psicológico: tomar conciencia de las posibilidades potenciales.
El futuro
Para apreciar la magnitud de los cambios venideros, usemos una analogía. Imagine a un caravanero del siglo XVI. Su mundo se mide por la velocidad de un camello. Su realidad son meses de camino, rutas polvorientas y peligros. Intente hablarle de la aviación de transporte militar. Su explicación de una construcción de hierro de muchas toneladas le sonará como un cuento de alfombra voladora. Las palabras «aerodinámica», «motor a reacción», «combustible de aviación» serán sonido vacío. No podrá comprenderlo no porque sea tonto, sino porque en su sistema de conceptos faltan las categorías básicas para entenderlo. Entre su civilización y la nuestra median varias revoluciones científicas fundamentales y cambios de paradigma.
El progreso tecnológico se acelera de manera exponencial. Biotecnología, inteligencia artificial, computación cuántica, nanotecnología: no son solo herramientas nuevas. Son tecnologías que cambian las reglas del juego. Estamos al borde de la singularidad tecnológica: un momento en el que el desarrollo será tan veloz que resultará inaccesible para la comprensión de la mente humana de la era pre-singularidad.
Por eso, cuando en la filosofía del cosmismo se discuten conceptos como el «traslado intertemporal» o el «ensamblaje átomo por átomo» de un ser humano, hay que entender que se trata de un intento de describir fenómenos del mundo pos-singularidad usando un lenguaje pre-singularidad extremadamente limitado.
La exponencialidad del progreso
Tendemos al pensamiento lineal cuando evaluamos el futuro. La intuición humana, formada en un mundo de cambios relativamente lentos, extrapola posibilidades según un principio aditivo (1, 2, 3, 4, 5...), mientras que el progreso científico-técnico se desarrolla conforme a una ley multiplicativa, exponencial (2, 4, 8, 16, 32, 64...). Esta diferencia en los modelos de predicción crea una brecha constantemente creciente entre la trayectoria esperada y la real, volviendo el futuro lejano esencialmente inimaginable desde el presente.
Ya hoy se vislumbran en el horizonte tecnologías que no son solo mejoras de herramientas existentes, sino cambios fundamentales de «las reglas del juego»:
La inteligencia artificial no es solo una calculadora más rápida. El desarrollo de una IA fuerte (Artificial General Intelligence) significa la aparición de una inteligencia no humana capaz de auto-mejorarse en un bucle de retroalimentación acelerada, lo que conducirá a un salto cognitivo incomparable con cualquier cosa en la historia de la evolución biológica.
La computación cuántica no son simplemente ordenadores más potentes. Opera en un nivel de realidad esencialmente distinto, usando efectos de superposición y entrelazamiento para resolver tareas (por ejemplo, en modelado molecular o criptografía) que son, en principio, irresolubles para cualquier ordenador clásico, incluso uno del tamaño del universo.
La nanotecnología en su forma madura (ensambladores moleculares) no es mera miniaturización. Es control programable de la materia a nivel atómico, lo que permitirá crear cualquier estructura material con precisión atómica y, potencialmente, a un coste extremadamente bajo. En una perspectiva muy lejana, con esa tecnología se podrían acondicionar planetas enteros, no solo producir comida o construir barrios.
El desarrollo conjunto de estas direcciones, su convergencia que se refuerza mutuamente, conduce a la civilización hacia la singularidad tecnológica y una economía de abundancia.
Un enfoque racional exige reconocer nuestras limitaciones cognitivas y admitir que la realidad futura será inconmensurablemente más extraña y más poderosa de lo que describe cualquier ficción contemporánea.
Tecnología
Hoy, la variante principal de solución a la tarea de devolver a las generaciones desaparecidas se concibe como una reformulación de la propia tarea. En lugar de intentar reconstruir la complejísima estructura de la personalidad a partir de la información extraída del caos entrópico producido por la desintegración del cuerpo, se propone conservar la información sobre esa estructura en el instante anterior al inicio de su descomposición.
En la base yace un mecanismo hipotético: un acto global de salvación, extendido en el tiempo, realizado por una supercivilización futura compuesta, probablemente, por nuestros descendientes. Este mecanismo puede describirse como un proceso de traslado transcronológico.
Variantes de implementación del rescate
- Primera variante: copiado informacional. En el último instante antes de la muerte biológica del individuo, una tecnología del futuro realiza un escaneo instantáneo y completo. Es un proceso hipercomplejo en el que toda la información que constituye a la persona —desde la macroestructura del cuerpo hasta la configuración exacta de las conexiones neuronales (el conectoma) y el estado cuántico de cada partícula elemental— se copia y se recrea de inmediato átomo por átomo en otro punto seguro del espacio-tiempo, es decir, en el futuro.
- Segunda variante: desplazamiento físico. Implica el desplazamiento físico del moribundo, en su último instante terrenal, hacia la reanimación del futuro a través del espacio y el tiempo. Para asegurar la consistencia causal, en ese mismo instante se coloca en lugar del ser extraído un duplicado biológico: un simulacro del estado terminal. El simulacro es una copia material suficientemente similar, pero carente de conciencia, que reproduce todos los parámetros fisiológicos del original en el momento de su muerte. Ese duplicado atraviesa las etapas observables del morir, se constata su muerte y el cuerpo se somete a los procedimientos rituales estándar.
Así, para todos los observadores del pasado, el tejido histórico permanece inalterado, y el acto de salvación pasa completamente inadvertido. El ser humano real, en cambio, acaba en el entorno tecnológico del futuro, donde su organismo es reanimado, regenerado, rejuvenecido y luego rehabilitado para adaptarse a la nueva realidad.
Fundamentos físicos
La aparente fantasía de estas ideas se basa en representaciones intuitivas y cotidianas del tiempo como un flujo lineal y absoluto. Sin embargo, la física moderna, desde la Teoría General de la Relatividad de Einstein, demostró hace tiempo que el tiempo es relativo y fluye a distinta velocidad. El continuo espacio-tiempo posee plasticidad y se curva dinámicamente bajo la influencia de la masa y la velocidad.
El tiempo no es único en todo el universo. Más aún: las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad admiten la existencia de las llamadas «agujeros de gusano», o puentes de Einstein-Rosen: túneles que conectan regiones alejadas del espacio-tiempo. Tales estructuras pueden unir no solo distintos puntos del espacio, sino también distintos momentos del tiempo, abriendo posibilidades teóricas de saltos al pasado y al futuro.
Hoy ya se vislumbran problemas potenciales para estabilizar tales puentes. Sin embargo, deben entenderse como desafíos de ingeniería de una complejidad extrema para una civilización futura, y no como prohibiciones fundamentales impuestas por las leyes de la física.
Principio de retroactividad
Clave para comprender todo el concepto es el principio de retroactividad. Si una tecnología que permite acceder al pasado es, en principio, posible (aunque el acceso sea solo informacional y no físico), entonces no importa cuándo se cree: dentro de mil años o dentro de un millón.
Desde el momento de su creación, abre a sus operadores el acceso a todo el continuo histórico precedente. Para una civilización que domina tales tecnologías, toda la historia humana aparece como un objeto cuatridimensional estático y concluido, a cualquier punto del cual es posible conectarse.
En consecuencia, el acto de salvación no es algo que ocurrirá en nuestro futuro, sino algo que, desde el punto de vista de un eje temporal superior, ya se está realizando o ya ha sido realizado por la civilización que llegue a crear dicha tecnología. Por su propia naturaleza, su acción se extiende a todo el pasado, incluido nuestro momento presente.
Logística
La realización del proyecto de restauración de todas las generaciones desaparecidas plantea a sus ejecutores una tarea colosal, no solo de carácter tecnológico, sino también logístico, ético y socio-psicológico.
La cuestión es dónde y, lo que es más importante, cómo ubicar a miles de millones de personas rescatadas, extraídas de épocas históricas, matrices culturales y sistemas de creencias muy diferentes. Integrar directamente a todos los individuos, separados por milenios de desarrollo, en una única sociedad del futuro no solo sería inviable: sería un acto de violencia psicológica de proporciones enormes.
Es difícil imaginar una convivencia armoniosa, por ejemplo, entre un legionario romano con sus ideas de esclavitud y honor, un monje asceta medieval y un ingeniero soviético ateo dentro de una misma estructura social. El choque de sus cosmovisiones, normas éticas, barreras lingüísticas e incluso nociones básicas de higiene y ciencia conduciría a conflictos insolubles y a traumas personales profundísimos.
El concepto de HyperMundo
La solución a este problema es el concepto de HyperMundo. No se trata de un único mundo unificado, sino de un sistema multiversal diseñado, complejo y en constante expansión, compuesto por múltiples realidades interconectadas. Estas realidades pueden ser planetas terraformados o simulaciones de altísimo realismo, físicamente indistinguibles de la realidad.
El objetivo principal del HiperMundo es garantizar una adaptación fluida, humana y estructurada individualmente para cada personalidad resucitada.
En la base de este sistema se halla el principio de máxima correspondencia psico-histórica. Según este principio, cada persona rescatada, en el momento de su «despertar» tras el traslado desde el pasado, llega inicialmente no al mundo del futuro lejano, sino a una realidad «de arranque» especialmente recreada. Esta realidad, a menudo, corresponderá con suficiente precisión a sus representaciones culturales, religiosas y personales más profundas sobre la vida después de la muerte o la existencia póstuma.
En la práctica, esto significa:
- Un escandinavo belicoso, caído en batalla, se encontrará de verdad primero en su Valhalla, con banquetes y combates.
- Un cristiano justo, en una realidad que corresponda a su idea del Paraíso.
- Un materialista convencido o un ateo, en un entorno tecnológico cómodo y lógicamente explicable, donde se le ofrecerá cortésmente pasar una rehabilitación médica y, quizá, se le explique de inmediato el origen de lo que lo rodea de un modo accesible.
Para la conciencia del resucitado, el paso de la vida a la «posvida» debe ocurrir sin rupturas ni conmociones, tomando en cuenta sus expectativas. Este acto es una manifestación del humanismo más elevado, porque pone en primer plano el confort psicológico y la integridad de la personalidad, y no la imposición violenta de una verdad ajena e incomprensible.
Proceso de adaptación
En la realidad «de arranque» comienza un proceso de adaptación gradual y delicada. Un papel clave, presumiblemente, lo desempeñarán los «guías» o mentores: por regla general, resucitados anteriores que ya han pasado por esta etapa y pertenecen a una época cultural-histórica similar o contigua. Son capaces de establecer con el recién llegado un vínculo de confianza.
El proceso de aprendizaje no es una imposición didáctica de conocimientos. Está construido según el método socrático: mediante diálogos, mediante la introducción paulatina en la realidad «de arranque» de pequeñas anomalías, lógicamente inexplicables, los guías empujan con suavidad a la persona a la reflexión independiente y a formular preguntas sobre la naturaleza del nuevo mundo. Poco a poco se le revela la verdad: qué le ha ocurrido, dónde se encuentra y qué posibilidades ilimitadas de viaje, desarrollo y conocimiento se abren ante ella.
A medida que se acrecientan la consciencia y la madurez psicológica, el individuo obtiene el derecho al libre tránsito entre los mundos del HiperMundo. Este sistema no representa un simple cúmulo caótico de mundos, sino un multiverso estructurado donde coexisten reconstrucciones históricas de épocas enteras, mundos dedicados a ramas específicas del arte o la ciencia, reservas naturales de escala cósmica para la contemplación solitaria y mucho más. El derecho al libre viaje significa la culminación de la adaptación y la obtención del estatus de ciudadano de pleno derecho de una nueva civilización unificada.
El HyperMundo, así, puede describirse metafóricamente como «purgatorio» y «universidad» al mismo tiempo. «Purgatorio», porque permite a la personalidad limpiarse de traumas, prejuicios y limitaciones de su vida pasada y finita. «Universidad», porque ofrece recursos infinitos para aprender, perfeccionarse y realizarse creativamente.
No es solo una solución logística, sino el único modo éticamente aceptable de integrar toda la riqueza colosal de la experiencia humana en una civilización futura única y armónica, respetando y preservando el camino singular de cada persona.
Objetivos
Un objetivo intermedio del proyecto descrito en el marco del cosmismo es la creación de una sociedad y un entorno de vida en la Tierra que pueden caracterizarse como un «Paraíso hecho por el hombre».
Es importante distinguir este concepto de las representaciones religioso-mitológicas tradicionales del paraíso. En las doctrinas clásicas, el paraíso es un estado póstumo estático de bienaventuranza eterna, una recompensa por una vida justa, caracterizada por el cese de toda lucha activa.
En cambio, la idea de un Paraíso hecho por el hombre es dinámica y activa. No es un lugar de ocio perpetuo (que inevitablemente llevaría al estancamiento y a la degradación de la personalidad), sino una sociedad cuidadosamente diseñada cuya estructura entera está orientada a desplegar al máximo el potencial creativo, intelectual y espiritual de cada individuo.
Se necesita un entorno positivo que elimine las limitaciones básicas impuestas al ser humano por la evolución biológica ciega y por una historia llena de privaciones y explotación. Para ello hará falta la unidad de la humanidad: una globalización de nuevo tipo basada en la responsabilidad planetaria, la cooperación pacífica de Estados y pueblos, y una ética de fraternidad y parentesco universal.
Economía de abundancia
La base económica de una sociedad planetaria así es una economía de abundancia, o economía posescasez. Su logro ya se acerca mediante la convergencia de la inteligencia artificial y la robótica. En el futuro se intensificará gracias a dos avances tecnológicos prometedores:
- Primero, el control de la materia a nivel atómico mediante nanotecnología molecular madura. Los hipotéticos ensambladores moleculares podrán construir cualquier objeto físico con precisión atómica a partir de materia prima elemental (átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno y otros de la tabla periódica), haciendo que la producción sea prácticamente gratuita.
- Segundo, el acceso a fuentes de energía prácticamente inagotables, hasta la utilización total de la energía de la estrella madre (una hipotética esfera de Dyson) y el paso a una civilización de Tipo II en la escala de Kardashev.
Mucho antes de acercarnos a tales niveles tecnológicos, los conceptos económicos —escasez, propiedad de recursos, valor— pierden su sentido. La lucha por los recursos, que está en la base de la inmensa mayoría de guerras, conflictos y desigualdades sociales en la historia humana, probablemente desaparecerá por completo como fenómeno.
Perfección psicofísica
La superestructura sobre esta base económica es la perfección psicofísica de los individuos. Las tecnologías del futuro no solo mantendrán una juventud biológica eterna y una salud absoluta, sino que también permitirán el control consciente del estado psicoemocional.
A nivel físico, esto probablemente se implemente mediante el trabajo constante de nanorrobots médicos que corrigen en tiempo real cualquier daño del ADN y defectos celulares.
A nivel psicológico, no se trata de una «felicidad» forzada, sino de crear una base biológica para una psique estable y armónica. Esto implica la regulación precisa del equilibrio neuroquímico del cerebro y la eliminación de instintos evolutivamente incorporados, pero ya innecesarios: agresión irracional, territorialidad, xenofobia y miedos existenciales.
Será un mundo sin depresiones clínicas, sin ataques de pánico, sin ira incontrolable: un mundo de alta energía vital, claridad cognitiva y alegría de ser como fondo natural de cualquier actividad.
Liberado de la humillante lucha por la supervivencia biológica, el ser humano podrá dedicarse a lo que desee, incluidas las formas más elevadas de actividad: el conocimiento, la creación de nuevas formas de arte hoy inimaginables, la exploración y colonización del espacio, el diseño de mundos y su gobierno y, lo más importante, el aprendizaje y el perfeccionamiento personal. La vida, de una cadena de sufrimientos y breves respiros, se transformará en un acto de creación, conocimiento y otras alegrías humanas.
¿A cuál de los mundos iría usted primero? ¿Y luego, a dónde después? Quién sabe: quizá, en verdad, a cada cual se le dará según su fe y según su esperanza.
Expansión cósmica
Un Paraíso hecho por el hombre no puede quedar limitado durante mucho tiempo a un solo planeta, la Tierra: las leyes de la astrofísica son implacables. Dentro de unos cinco mil millones de años, el Sol entrará en la fase de gigante roja y su fotosfera en expansión devorará y abrasará la Tierra. Existen además otras amenazas cósmicas más cercanas: desde el impacto de grandes asteroides hasta explosiones cercanas de supernovas.
Por ello, la misión suprema y el imperativo estratégico de una humanidad que haya alcanzado la inmortalidad se convierten en la expansión cósmica. No es un anhelo romántico de las estrellas, sino una condición absolutamente necesaria para la existencia garantizada y condicionalmente eterna de la civilización.
El proceso de dispersión por la galaxia, la terraformación de planetas y la creación de múltiples entornos artificiales de vida es el único seguro fiable contra catástrofes locales. Este proceso puede considerarse como el exportar vida y razón al Universo, la difusión deliberada de negentropía (sistemas ordenados y complejos) en un cosmos sometido, en gran medida, a las leyes ciegas de la entropía. En su límite, el cosmismo ruso trata de dar razón y sembrar el bien a escala de todo el universo.
Dicotomía
La historia ha demostrado una y otra vez que cualquier herramienta tecnológica de escala significativa posee una dualidad fundamental. La energía nuclear puede iluminar y calentar ciudades, o incinerarlas. Internet puede servir como medio de iluminación global y unión, o como instrumento de control total y desinformación.
Las tecnologías del inmortalismo representan el apogeo de esa dualidad, porque las apuestas aquí se elevan al límite: no se trata solo de vida y muerte, sino de una existencia eterna en armonía o en un sufrimiento inimaginable.
El potencial de la propia tecnología de resurrección tiene un lado oscuro y aterrador. La misma base tecnológica capaz de llevarnos a todos al Paraíso puede, con todavía más facilidad, utilizarse para crear un Infierno tecnológico absoluto, hermético y eterno.
Puede imaginarse un mundo donde la muerte biológica ha sido eliminada por completo, pero donde la vida de todos se ha convertido en una tortura kafkiana interminable. En manos de un régimen totalitario o de una superinteligencia artificial hostil, ese poder se convierte en un instrumento de dominación definitivo. El dictador del futuro podría no solo matar a su enemigo, sino someterlo a un ciclo infinito de tormento, ejecuciones y resurrecciones forzadas.
En tal mundo, los vivos realmente envidiarían a los muertos, y sin embargo ya no quedaría ningún muerto.
La asimetría de la creación
El aspecto más importante de esta dicotomía es la asimetría de la creación. Crear un Infierno tecnológico es incomparablemente más fácil que crear un Paraíso.
Para construir el Infierno basta con poder absoluto y crueldad primitiva. El Infierno es un sistema de baja complejidad, basado en la simplificación, la supresión y el control total.
El Paraíso hecho por el hombre, por el contrario, es un sistema supercomplejo, dinámicamente equilibrado, que presupone libre albedrío, diversidad infinita de miles de millones de personalidades únicas y una combinación armónica de sus intereses y contradicciones, desiguales pero igualmente grandes. Desde la teoría de sistemas, crear y sostener una configuración tan altamente organizada y negentrópica exige incomparablemente más sabiduría, empatía y recursos computacionales que levantar una tiranía primitiva.
Para el Infierno basta la voluntad de un solo déspota. Para el Paraíso se requiere consenso y el más alto grado de desarrollo de toda la sociedad.
La religión suprema del fascismo es el anticomunismo. Con solo ver la hoz y el martillo sobre fondo rojo, cierta inmundicia transnacional y corporativa todavía hoy se estremece y se retuerce.
Precisamente por eso, guardar silencio sobre estas perspectivas y sus posibles consecuencias es irresponsable. El desarrollo de tecnologías clave —inteligencia artificial, nanotecnología, neurointerfaces— ya avanza a toda velocidad, impulsado por intereses militares, comerciales y médicos. La humanidad camina hacia ese poder casi divino independientemente de si está éticamente preparada para él o no.
Si, en el momento de alcanzar esas tecnologías, la civilización sigue carcomida por el odio, la avaricia, el nacionalismo y la desconfianza, con una probabilidad cercana al cien por cien elegirá el camino de menor resistencia: el camino hacia la construcción de una u otra forma de Infierno tecnológico.
En este contexto, la filosofía del cosmismo ruso plantea a la humanidad la elección principal y, quizá, la última de su historia. No es solo una elección entre sistemas políticos o ideologías. Es la elección entre dos eternidades: o bien la humanidad se une para realizar el «Asunto Común» de Fiódorov y crear conscientemente un Paraíso común, o bien su desunión actual la llevará a un Infierno común e inevitable del que quizá ya no haya salida.
Conclusión
La civilización moderna se encuentra en un estado de profunda crisis sistémica. Se manifiesta no solo en la fragmentación geopolítica, el recrudecimiento de la competencia por los recursos y las crecientes amenazas ecológicas, sino también en un vacío existencial, una crisis de sentido.
Los viejos sistemas ideológicos y religiosos han perdido en gran medida su capacidad de cohesionar, y los nuevos que ofrece la sociedad de consumo no tienen la gravedad suficiente para movilizar el potencial creador de la humanidad. Nuestra civilización, que ya posee un poder tecnológico considerable, carece de una meta global a la altura de ese poder, lo que genera una peligrosa incertidumbre y canaliza una energía colosal hacia la hostilidad mutua. En lugar de los «ismos» agotados, nuestra nueva religión, filosofía e ideología debe ser el futuro.
En este contexto histórico, la filosofía del cosmismo ruso ofrece un paradigma capaz de sacar a la humanidad del callejón sin salida civilizatorio. Proporciona esa «estrella guía»: una idea grande, supranacional y abarcadora, potencialmente capaz de unir de verdad a todas las personas, independientemente de su raza, nacionalidad o confesión.
El proyecto de alcanzar la inmortalidad y luego resucitar a todos los antepasados es único porque, en su esencia, es no competitivo. Define ontológicamente al único enemigo auténtico de toda la humanidad: no otra nación ni otra ideología, sino la Muerte, el caos y la entropía como fuerzas fundamentales de desintegración, quizá expresadas antaño en la imagen bíblica de la «bestia del abismo». Frente a semejante enemigo, todos los conflictos internos humanos se vuelven un absurdo trágico y un despilfarro contraproducente de recursos preciosos.
Nuestro camino común: a través de la superación de la muerte y la resurrección universal, hacia la espiritualización del mundo.
Prioridades prácticas
La abrumadora mayoría de las muertes hoy se produce por causas naturales, no por violencia o accidentes. La mayoría de las enfermedades mortales son dependientes de la edad: empezando por las cardiovasculares, que encabezan las estadísticas de mortalidad, y luego siguiendo la lista.
Desde una perspectiva científica, en los albores de este siglo se ha avanzado considerablemente en la práctica para comprender los mecanismos и las causas del envejecimiento. Ya se han delineado tecnologías con el potencial de abordar facetas integrales de este desafío global. Es posible encontrar abundante información al respecto en fuentes de acceso abierto: Open Longevity las obras de Aubrey de Grey y otros.
El papel de Rusia y la cooperación global
Rusia, como país en cuyo entorno intelectual nació la filosofía del cosmismo ruso, posee un legado histórico y un arquetipo únicos. Su papel aquí no consiste en imponer su voluntad, sino en ofrecer al mundo este camino como base de una nueva agenda global, también bajo el paraguas de los BRICS y la OCS.
Es una propuesta de transición desde el paradigma de la competencia y confrontación global, que conduce a la destrucción y al agotamiento mutuo, hacia el paradigma de la cooperación global y la co-creación: la unión de los potenciales científicos, industriales y culturales del planeta, entre otras cosas, para realizar el «Asunto Común».
La fuerza transformadora de las ideas
Las ideas expuestas en este proyecto poseen una fuerza transformadora. El proceso de comprenderlas —analizarlas científicamente, discutirlas filosóficamente y criticarlas— no es un ejercicio intelectual pasivo, sino una forma directa de participar en la construcción del futuro.
Este es precisamente uno de los aspectos del devenir de la noosfera, predicha por Vernadski, — aquel en el que el pensamiento científico colectivo comienza a moldear deliberadamente la imagen de la realidad deseada, la cual luego, a través de la actividad práctica, se encarna en el mundo material.
La visión final
La visión final de este proyecto es la construcción de un futuro en el que queden abolidas de manera definitiva la muerte, las enfermedades, el sufrimiento y el olvido. Un futuro en el que a cada ser humano, a cada personalidad única, se le brinde la oportunidad no solo de continuar su camino, sino de disponer de la eternidad y del Cosmos para un conocimiento sin fin, la co-creación, el desarrollo y, seguramente, algo más.
Este es el verdadero logro del fin de la existencia de la razón: el triunfo completo de la vida consciente y ordenada sobre el poder ciego e indiferente del Universo.
HyperMundo: todos los caminos conducen a lo mejor...








